La guerrilla deja al desnudo el “México Bronco”

El 25 de mayo, en alguna parte del centro de México, desaparecieron dos mexicanos. Una semana después, un misterioso grupo guerrillero marxista que había permanecido inactivo durante un par de años, divulgó el primero de 14 comunicados que identificaban a los hombres como sus “camaradas”. El Ejército Popular Revolucionario (EPR) culpaba al gobierno mexicano del secuestro y prometía duras consecuencias si los hombres resultaban heridos.

“¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!”, decía el comunicado. En la parte superior se veían dos fotografías borrosas de la pareja: un hombre fornido con bigote llamado Gabriel Cruz Sánchez y otro, Edmundo Reyes, cuyas gafas y corbata le daban cierto aire de gerente de banco. Nadie le prestó demasiada atención a las amenazas de las guerrillas.

Eso cambió el 6 y el 10 de julio cuando el EPR hizo explotar dos ductos de gas natural de la petrolera estatal Petróleos Mexicanos, paralizando el suministro de gas en toda la región central del país. El 10 de septiembre, el grupo volvió a atacar, causando 12 explosiones simultáneas de gasoductos. Como consecuencia, unas 3000 compañías, tanto locales como multinacionales, incluyendo Nissan y Honda Motor Corp., no pudieron operar. El total de las pérdidas en producción económica bordeó los US$ 1600 millones, según Canacintra, la principal asociación manufacturera de México.

El EPR ha prometido que su campaña de violencia no cesará hasta que sus dos camaradas sean liberados. Las autoridades mexicanas creen que otro ataque podría ser inminente.

Sin embargo, hay un problema fundamental: nadie parece saber lo que pasó con los dos desaparecidos. El gobierno niega tenerlos. El EPR tampoco parece saber quién los tiene, a juzgar por sus comunicados, en los que transfiere la culpa de una entidad gubernamental a otra.

Este misterio encierra a su vez un enigma aún mayor: ¿quiénes son el EPR y cuál es su papel décadas después de que muchos otros grupos marxistas han dejado las armas?

México ha hecho grandes avances en las dos últimas décadas. Abrió su economía y firmó acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. Sustituyó una historia de 71 años de mandato unipartidista, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), por una democracia. El país es ahora el tercer socio comercial de EE.UU., y produce desde autos a refrigeradores.

Sin embargo, a veces es difícil superar las subcorrientes de violencia y las misteriosas alianzas, conocidas como “México bronco”, o el México indomable. Las teorías de la conspiración son un pasatiempo favorito aquí y el asunto del EPR ha generado muchas. Algunas sugieren que el grupo está siendo utilizado como un instrumento de los cárteles de droga o, incluso, del propio gobierno.

Aun así, el resurgimiento del EPR presenta importantes desafíos políticos y económicos. El presidente Felipe Calderón ya tiene las manos llenas con la lucha por recuperar el control de grandes áreas de México dominadas por los cárteles de droga. Ahora debe lidiar con la sorprendente reaparición de la guerrilla en un clima político que aún no respira tranquilo tras la estrecha batalla electoral del año pasado, que el izquierdista Andrés Manuel López Obrador perdió por un pelo.

La campaña del EPR también pone de manifiesto la vulnerabilidad de la infraestructura de gas natural de México. Este combustible ya escasea en el país, que complementa su producción con costosas importaciones de Texas. La petrolera estatal Pemex se vio tan sorprendida por los ataques de julio que tardó tres días en hacerlos públicos. Vitro S.A.B. de C.V., un fabricante de cristal de Monterrey, dice que las bombas del EPR paralizaron la producción por una semana, un paro de US$ 12 millones que dejó a la compañía con pérdidas para el tercer trimestre.

El EPR no ha atacado los suministros petroleros de México, pero esta posibilidad preocupa al gobierno. El país es el sexto productor de crudo del mundo y uno de los mayores proveedores de EE.UU.

Las autoridades dicen que es posible que los desaparecidos hayan sido víctimas de las luchas internas. Pero ex guerrilleros y analistas opinan que eso es improbable, señalando que en anteriores ocasiones, cuando el grupo ejecutaba a sus disidentes, se hacía responsable públicamente de aplicar “la justicia revolucionaria”. Esta vez no ha habido ningún anuncio de esta clase. Algunos funcionarios de seguridad aseguran que es posible que los jefes de la droga más poderosos estén utilizando al EPR para distraer al gobierno en su batalla por recuperar territorios de estos grupos armados. Aun así, reconocen que no hay pruebas de semejante conexión. López Obrador, el candidato que perdió las elecciones, dudó de la versión oficial y acusó al gobierno de usar las explociones para distraer la atención de sus propios problemas.

Otra teoría más siniestra, insistentemente negada por el gobierno, apunta a que las fuerzas de seguridad de México capturaron y mataron a los dos guerrilleros.

El país ya atravesó su “guerra sucia” en los años 70 cuando cientos de personas fueron supuestamente desaparecidas o muertas por las fuerzas de seguridad. Cualquier regreso a semejantes tácticas dañaría la reputación de Calderón y la joven democracia de México.

Por ahora, la situación está en punto muerto. Las autoridades tratan de evitar lo que muchos creen que será una inevitable tercera ola de ataques.

La policía ha interrogado a quienes sospecha podrían ser miembros del EPR sobre planes para volar embajadas y secuestrar a importantes políticos. “Es un rompecabezas con muchas piezas”, dice un funcionario de la inteligencia que solicitó el anonimato.

En tanto, la última edición de El Insurgente, la revista mensual del EPR a la cual se puede acceder en Internet, presenta una foto a página entera de las espectaculares llamas que causó la explosión de septiembre.

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